Centros de datos de IA: quién paga el agua y la luz
El día que la presidenta le puso freno a la fiesta
El 18 de agosto de 2026, Claudia Sheinbaum dijo algo que hasta entonces nadie en el gobierno había dicho en voz alta: “Sí tenemos que tener centros de datos para avanzar en inteligencia artificial, pero no necesariamente México debe ser el centro de datos de otros lugares del mundo”.
La frase reconoce lo que la industria prefiere no poner en el folleto: estas instalaciones requieren, en palabras de la propia presidenta, “mucho consumo de energía, mucho consumo de agua”. Y plantea que el crecimiento debe ser “ordenado y limitado por las necesidades del país”.
Es la primera vez que el discurso oficial trata a los centros de datos como algo que hay que acotar y no solo como inversión extranjera que hay que celebrar. Vale la pena entender por qué el cambio de tono llegó justo ahora.
Qué es exactamente lo que se está instalando
Un centro de datos es una nave llena de servidores que ejecutan cómputo para alguien más. Los que se construyen hoy para inteligencia artificial pertenecen a una categoría distinta a la de hace diez años: concentran chips especializados que operan a temperaturas altas de forma sostenida, tanto para entrenar modelos como para responder consultas.
De ahí salen los dos consumos. La electricidad alimenta los servidores. El agua se usa en los sistemas de enfriamiento evaporativo, que disipan calor evaporando agua, con lo cual una parte no regresa al sistema. La medida estándar de tamaño no son los metros cuadrados sino los megawatts de capacidad contratada.
Cuando el sector habla de “inversión en IA en México”, en la práctica habla de esto: naves, subestaciones eléctricas y tomas de agua.
Querétaro, el caso concreto
El epicentro mexicano está en Querétaro. Según un reportaje del Instituto Mexicano de la Radio publicado el 29 de julio de 2026, el estado concentra cerca de la mitad de la capacidad energética nacional destinada a centros de datos, con diez instalaciones ya operando y dieciocho proyectos anunciados. La proyección es superar los 1,500 megawatts hacia 2030, con una inversión estimada en 18,000 millones de dólares.
Los municipios más expuestos son Colón, El Marqués y Pedro Escobedo. Querétaro figura entre las regiones del país con mayor estrés hídrico, lo que convierte la coincidencia en un problema y no en un detalle.
El mismo reportaje documenta un vacío regulatorio que merece atención técnica: las instalaciones que se ubican dentro de parques industriales previamente autorizados no requieren un estudio de impacto ambiental propio. Heredan el permiso del parque. Abelardo Rodríguez Macías, citado en el reportaje, lo resume así: no se hizo un estudio científico para autorizar, se priorizó el negocio. Comunidades chichimecas y otomíes de la zona reclaman falta de transparencia sobre los impactos.
Aquí conviene una precisión honesta, porque en este tema circulan cifras mezcladas. Los datos de consumo hídrico que más se repiten —los cuatro y medio billones de litros que los centros de datos consumieron globalmente en 2025, o los 480,000 galones diarios de la instalación de Meta en El Paso, Texas, que llegan a 2.5 millones en días de calor extremo— son globales o estadounidenses. Sirven para dimensionar la escala del fenómeno, no para describir cuánta agua consume un centro de datos mexicano. Ese dato desagregado, con metodología pública, todavía no existe, y su ausencia es en sí misma parte del problema.
Por qué esto no se parece a una fábrica
La comparación pertinente es con la manufactura, que es el modelo que Nuevo León conoce bien. Una planta armadora consume energía y agua, sí, pero contrata a miles de personas de forma permanente y arrastra una cadena de proveedores locales.
Un centro de datos opera con una plantilla reducida una vez construido: técnicos de mantenimiento, seguridad, operaciones. El grueso del empleo está en la obra y termina con la obra. La relación entre recursos consumidos y empleos generados es de otro orden.
Esa asimetría es la que sostiene la lectura crítica. Yanis Varoufakis ha descrito el tránsito del capitalismo de plataformas hacia lo que llama tecnofeudalismo: un arreglo en el que el beneficio central deja de ser la ganancia por producción y pasa a ser renta cobrada por el control de una infraestructura. Los centros de datos encajan con incomodidad exacta en esa descripción. El territorio, el agua y la red eléctrica —tres bienes públicos o regulados— se convierten en insumo de una plataforma cuyos ingresos se registran en otra jurisdicción, mientras el costo ambiental se paga en Colón y en El Marqués.
El contrapunto también existe y hay que decirlo. Si México quiere desarrollar capacidades propias de inteligencia artificial —para el sector salud, para la administración pública, para su industria—, necesita cómputo instalado en su territorio. Depender por completo de servidores extranjeros tiene su propio costo de soberanía. El propio gobierno usa ese argumento, y no es falso. La pregunta no es si debe haber centros de datos, sino para quién procesan y bajo qué condiciones.
Lo que esto significa desde Monterrey
En el área metropolitana de Monterrey esta discusión no requiere traducción. La ciudad ya vivió qué pasa cuando la demanda de agua supera a la disponibilidad y la asignación entre usos industriales y domésticos deja de ser una abstracción de política pública.
Por eso conviene mirar con atención cualquier anuncio de inversión tecnológica que llegue a Nuevo León sin la letra chica: cuántos megawatts contrata, de dónde saldrá el agua de enfriamiento, cuántos empleos permanentes genera y si presentó manifestación de impacto ambiental propia o heredada. Son cuatro preguntas verificables y son las que rara vez aparecen en el boletín.
La pregunta que sigue abierta
El posicionamiento presidencial de agosto marca una intención, no una regla. Mientras no exista una obligación de reportar consumo hídrico y eléctrico por instalación, ni un requisito de evaluación ambiental que no se herede del parque industrial, la decisión sobre cuánta agua y cuánta electricidad se destinan a procesar consultas de otros países seguirá tomándose caso por caso, sin cifras públicas y sin las comunidades en la mesa.
Cada vez que le escribes a un chatbot, ese cómputo ocurre en algún lugar físico. La discusión de fondo es quién decide dónde, y quién paga la cuenta que no aparece en la factura.
Fuentes
- Infobae México. (2026, 18 de agosto). México descarta convertirse en “data center global”, pero defiende centros de datos en Querétaro pese a alto consumo de agua. Infobae. https://www.infobae.com/mexico/2026/08/18/mexico-descarta-convertirse-en-data-center-global-pero-defiende-centros-de-datos-en-queretaro-pese-a-alto-consumo-de-agua/
- IMER Noticias. (2026, 29 de julio). La huella hídrica de la inteligencia artificial: el conflicto por los centros de datos en Querétaro. Instituto Mexicano de la Radio. https://noticias.imer.mx/blog/la-huella-hidrica-de-la-inteligencia-artificial-el-conflicto-por-los-centros-de-datos-en-queretaro/
- La Jornada. (2026, 18 de agosto). México no debe ser centro de datos de otros lugares, porque requiere mucha energía y agua: Sheinbaum. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/08/18/economia/mexico-no-debe-ser-centro-de-datos-de-otros-lugares-porque-consume-mucha-energia-y-agua-sheinbaum