Coatlicue: soberanía tecnológica con chips de Nvidia
La palabra del Grito
“¡Viva México libre, independiente y soberano!”. Con esa arenga cerró la presidenta la ceremonia del 15 de septiembre en el Zócalo.
Diez días antes, en su segundo informe de gobierno, la soberanía había aparecido con otro vocabulario: supercómputo, semiconductores, vehículos eléctricos, nube pública. Cinco proyectos con nombres en náhuatl y purépecha que el gobierno presenta como la respuesta mexicana a la dependencia tecnológica.
El más ambicioso se llama Coatlicue. Conviene mirarlo de cerca, porque plantea una pregunta incómoda: ¿se puede construir soberanía tecnológica con hardware que diseña y vende una sola empresa extranjera?
Qué es Coatlicue, en números
Es una supercomputadora, es decir, una instalación de cómputo diseñada para tareas que ninguna computadora individual puede resolver en tiempo razonable: simulación climática, plegamiento de proteínas, entrenamiento de modelos de inteligencia artificial.
Las cifras que ha dado el gobierno: 6,000 millones de pesos de inversión inicial, 14,480 GPUs —procesadores gráficos, el componente que hace posible el entrenamiento de modelos de IA— y una capacidad de 314 petaflops, unas siete veces la de la supercomputadora más potente de Brasil. La construcción arrancó en enero de 2026 con un plazo estimado de 24 meses, en la unidad Zacatenco del Instituto Politécnico Nacional.
Alrededor orbitan los demás proyectos: Kutsari, centro nacional de diseño de semiconductores con operaciones en Puebla, Jalisco y Sonora; Olinia, el vehículo eléctrico de diseño mexicano con ventas previstas para 2027 y un precio base cercano a 150,000 pesos; Quetzal, un dron desarrollado con la Universidad Aeronáutica en Querétaro y la Sedena; y Nube MX, la infraestructura pública donde el gobierno busca alojar sus propios sistemas.
Como conjunto, es la apuesta de política industrial y científica más grande en décadas. También es, hasta ahora, una promesa: Coatlicue no opera todavía.
Dónde está la letra chica
Las GPUs son de Nvidia. Y no solo eso: según declaró a El Sol de México el director de la división empresarial de Nvidia para América Latina, la compañía co-diseña la arquitectura y el software del proyecto, no únicamente suministra las piezas.
Ahí está la tensión. Un país puede ser dueño del edificio, de los datos que procesa y de las reglas de acceso, y aun así depender de un proveedor único para el componente que lo hace funcionar y para el ecosistema de programación que lo rodea. CUDA, la plataforma de desarrollo de Nvidia, es el estándar de facto para entrenar modelos, y migrar fuera de ella tiene costos altos.
Es la diferencia entre ser dueño de la fábrica y ser dueño de la maquinaria que la fábrica necesita para producir.
Yanis Varoufakis describe este tipo de arreglo en Technofeudalism (2024): el poder económico contemporáneo no viene de poseer los medios de producción tradicionales, sino de controlar la infraestructura digital de la que todos los demás dependen para producir. Quien controla esa capa cobra renta, no ganancia.
Aplicado a Coatlicue: México adquiere capacidad de cómputo, que es real y valiosa. La capa donde se define qué es posible computar y con qué herramientas sigue en manos ajenas.
Las objeciones que vale la pena escuchar
La economista Claudia Schatan publicó en Este País una revisión crítica del proyecto que no descalifica la idea, sino que señala lo que hace falta para que funcione.
Su primer punto es el costo recurrente. A los 6,000 millones iniciales hay que sumar entre 1,000 y 2,000 millones de pesos anuales de operación, equivalentes a entre 3 y 5 % del presupuesto del sector ciencia. En un sistema nacional de investigación que se debilitó durante la última década, comprometer esa proporción del gasto a una sola instalación es una decisión con consecuencias.
El segundo es el talento. Una supercomputadora sin científicos e ingenieros que la usen es un gasto, no una inversión. Schatan compara con Brasil, que construyó su ecosistema de cómputo de forma progresiva y tiene mayor densidad de investigadores con doctorado.
El tercero es la infraestructura física: alrededor de 200 gabinetes de servidores con sus requerimientos de espacio, energía eléctrica y enfriamiento. Es el mismo debate de los centros de datos que ya discutimos en este blog, ahora con el Estado como operador.
El cuarto es la seguridad. México concentró más de 31,000 millones de intentos de ciberataque en el primer semestre de 2024, según Fortinet, alrededor del 55 % de los registrados en América Latina. Una instalación así se convierte en objetivo prioritario, y protegerla cuesta.
Lo que sí cambia si funciona
Sería injusto quedarse solo en la objeción. Hay tres cosas que un país gana con infraestructura de cómputo propia, y ninguna es menor.
La primera: dónde viven los datos. Procesar información de salud pública, fiscal o de seguridad nacional en servidores bajo jurisdicción mexicana no es un tecnicismo jurídico; determina qué gobierno extranjero puede solicitar acceso a ellos.
La segunda: quién decide la agenda. Cuando la capacidad de cómputo se renta a un proveedor comercial, la investigación que se hace es la que ese presupuesto alcanza. Con infraestructura propia, un grupo de la UANL o del Cinvestav puede pedir tiempo de cómputo para un problema que a ninguna empresa le interesa financiar.
La tercera: modelos en español mexicano. Los modelos de lenguaje actuales se entrenan mayoritariamente con datos en inglés y con criterios ajenos al contexto local. Entrenar aquí, con corpus propios, es una condición técnica para que eso cambie.
Las preguntas para 2028
Coatlicue estará lista, si se cumple el calendario, a inicios de 2028. Tres cosas dirán si fue soberanía o fue un centro de datos caro con nombre prehispánico.
Quién opera la instalación y bajo qué reglas de acceso; si hay tiempo de cómputo asignado a universidades públicas sin que dependa de un convenio comercial. Si Kutsari produce diseños que efectivamente se fabriquen, o se queda en centro de formación. Y si el gasto anual de operación sobrevive a un cambio de prioridades presupuestales.
Porque tener la máquina más potente de la región no es soberanía. Soberanía es poder decidir qué se hace con ella, y seguir pudiendo pagarla cuando deje de ser noticia.
Fuentes
- El Financiero. (2026, 1 de septiembre). Segundo Informe: ¿Qué son Kutsari, Quetzal y Coatlicue, los proyectos de innovación de Sheinbaum? El Financiero. https://www.elfinanciero.com.mx/tech/2026/09/01/segundo-informe-que-son-kutsari-quetzal-y-coatlicue-los-proyectos-de-innovacion-de-sheinbaum/
- Campoy, T. (2026, 1 de junio). Nvidia co-diseña Coatlicue, la supercomputadora estatal que convertirá a México en el líder tecnológico de América Latina. El Imparcial. https://www.elimparcial.com/tecnologia/2026/06/01/nvidia-co-disena-coatlicue-la-supercomputadora-estatal-que-convertira-a-mexico-en-el-lider-tecnologico-de-america-latina/
- Schatan, C. (2026, 14 de julio). Coatlicue, ¿compromiso (ir)responsable? Este País. https://estepais.com/tendencias_y_opiniones/supercomputadora-coatlicue-retos/
- Parra, R. (2026, 1 de septiembre). Sheinbaum destaca Olinia, supercomputadora y semiconductores en segundo informe de gobierno. DPL News. https://dplnews.com/sheinbaum-destaca-olinia-supercomputadora-2-informe/
- Varoufakis, Y. (2024). Technofeudalism: What killed capitalism. Melville House.